No agresión y apropiación originaria, «la única base posible para un orden social justo»
Apoyándose en Jesús Huerta de Soto y en la eficiencia dinámica, sostiene que el intercambio voluntario es el motor de la prosperidad y que prometer plenitud inmediata es la promesa de la serpiente.
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Lo que se dice
más de moda hoy, por la fuerza pública. Y eso corre los cimientos morales del capitalismo y en realidad corroe los cimientos morales de la sociedad. La Torá lo prohíbe porque destruye el tejido de confianza sobre el que se construye cualquier orden social libre. Son las mismas normas que en el judaísmo se llama misé, el no hacer. El no hacer es la valla que protege la convivencia libre entre individuos y es también la columna vertebral del cristianismo en todas sus tradiciones que son la la fundación del Estado moderno. El sistema que respeta esas normas, el que hace de la propiedad privada del contrato voluntario sus pilares, es el sistema que está en consonancia con la ley de Dios y esa consonancia es estructural. Hans Gemajope demostró con rigor filosófico que la combinación de dos principios, el de no agresión, que surge del no matarás, y el de la apropiación originaria, que surge del no robarás, es la única base posible para un orden social justo y eficiente. El trabajo del hombre sobre los recursos que nadie ha reclamado genera propiedad legítima. Esa propiedad protegida por la no agresión genera intercambio voluntario y ese intercambio voluntario y libre es el motor de la prosperidad. Jesús Huerta de Soto lo precisó con el concepto de eficiencia dinámica. Ese sistema no solo es justo, sino que además maximiza el crecimiento económico a largo plazo, liberando la creatividad empresarial, descentralizando el conocimiento y convirtiendo la libertad en el camino más corto hacia la abundancia, es decir, el camino de vuelta al paraíso. Por eso el capitalismo y no otro sistema es el que deriva en la abundancia radical, pero requiere tiempo. La promesa de la plenitud de la noche a la mañana es precisamente la promesa de la serpiente y ya vivimos